Ni Digimon ni Sheridan's me pertenecen y escribo esta historia sin fines de lucro.


No toques el piso


Daisuke no pudo evitar que lo arrasara una ola de melancolía al cerrar el freezer por última vez. Se detuvo y apoyó las palmas de las manos contra la tapa, cerró los ojos pero solo durante un segundo: sabiendo que ese era su último momento allí, no quería perderse ninguna imagen. Giró sobre sí mismo y se recostó. A sus pies permanecían las cajas de cervezas que ahora estaban vacías, luego de haber guardado todas las botellas en el freezer. Enfrente suyo estaban las estanterías con las bebidas que no necesitaban refrigeración y, arriba de todo, las bebidas más exclusivas, esas que solo el cliente muy ocasional pedía, y que por ello no eran reemplazadas a menudo. De todos esos años trabajando ahí, Daisuke podía recordar cada una de las ocasiones en que había debido bajar una de ellas, y para quién. Porque a pesar de su formación de chef, y de los más de cinco años en el mismo restaurante, Daisuke había seguido cumpliendo las funciones que le había encomendado su jefe: todo lo que sea necesario, y any other duties ―porque además de aprender sobre administración, bromatología de los alimentos y trato del cliente, Daisuke había aprovechado esos años para hablar en inglés con cada uno de los comensales que lo necesitara, a veces insistiendo en ello, y sentía confianza en que a partir del día siguiente todas esas lecciones darían frutos.

Y así, en su última noche en el restaurante en el que había sido chef, mozo, muchacho de logística, intérprete y todo lo demás, Daisuke estaba solo. Ya hacía años que sus "otras tareas" incluían cerrarlo por la noche, y dejarlo preparado para comenzar la jornada del día siguiente. Así que Daisuke separó los cajones vacíos de cervezas por última vez, barrió el depósito por última vez y se dirigió al comedor, a llevar a cabo las que de verdad serían sus últimas tareas en ese lugar, y además algo así como sus preferidas (de la parte de cierre del restaurante, por supuesto).

Prendió la radio. Pasaban de las dos de la mañana. Ubicó una estación que solo estuviera pasando música y comenzó a mover las mesas hacia los costados del salón, para luego apoyar las sillas encima. Si bien siempre había sido un muchacho amante del ejercicio, nunca había logrado desarrollar los músculos de sus brazos hasta que comenzó a trabajar allí. Entre los estudios y el trabajo se le hacía muy difícil encontrar tiempo para algo más que un partido de fútbol ocasional, con Ken casi siempre, a veces con Taichi. Sora solía sumarse, con Yamato cuando estaba en la ciudad, y hasta en algunas ocasiones habían logrado que Koushirou jugara. Miyako, Iori y el resto de la banda también intentaban participar de las ocasionales partidas, siempre que el estudio, los viajes y sus demás obligaciones se los permitieran. Pero ese era prácticamente todo el ejercicio que había logrado implementar en los últimos años, y sin embargo ahí estaba, a los 23 años, con sus abdominales marcados y muchísima fuerza en los brazos. Otra cosa para agradecerle a ese lugar que le había dado tanto.

Esa noche baldeó todo el comedor. Tiró agua, la escurrió hacia los drenajes y limpió el piso con desinfectante. Repasó las mesadas, tiró el café que quedaba en la máquina y dejó que el instrumental de cocina reposara en vinagre y agua por el resto de la noche. Alguien más los retiraría al día siguiente, los sacudiría y limpiaría con agua clara, para luego volver a comenzar el trabajo del día con ellos. Esa, tal vez, sería la única tarea que Daisuke no lograría terminar esa noche.

Pero ahora debía esperar a que el piso terminara de secarse antes de mover las sillas y las mesas otra vez hacia su lugar habitual.

Ignoró los primeros golpes en la puerta porque el restaurante estaba cerrado, y no solo porque lo dijera el cartel, sino porque las luces apagadas de la recepción lo hacían más que evidente. Seguramente había sido el viento. Esa noche estaba por llover, tal vez sería incluso una tormenta, y la humedad iba a impedir que el piso se secara pronto. Pero cuando volvió a escuchar golpes en la puerta, dudó. Y cuando los escuchó por tercera vez, pensó que tal vez un cliente había olvidado algo importante, como las llaves de la casa, perdidas en el baño o abandonadas sobre una mesa… aunque esa noche el cajón de objetos perdidos estaba vacío.

Prendió la luz exterior antes de abrir la puerta, dejando intencionalmente la luz de la recepción apagada para no darle la idea a la persona que borracha había perdido sus llaves de que el restaurante seguía abierto. Sin embargo, la persona que encontró no estaba borracha, y no se habría esperado verla allí ni en un millón de años.

―¿Hikari?

Ella sonrió. Tenía un cubre viento rojo cuya capucha le cubría la mitad de la cabeza, pero Daisuke siempre la reconocía, incluso cuando le regalaba sonrisas de mentira como esa noche.

―¿Sucedió algo? ―se hizo a un lado para dejarla pasar.

Ella sacudió sus botas de lluvia en el felpudo. Al paraguas, sin usar, lo apoyó junto a la puerta, y cuando se quitó la capucha, Daisuke volvió a entender que algo iba muy mal, a pesar de que ella insistía en sonreír. Pero las sonrisas de Hikari siempre habían sido melancólicas.

―¿Taichi está bien? ¿Gatomon? ―Temió que el círculo de luces hubiera aparecido en su digivice, como años antes había hecho en el de Taichi y los demás, pero ella lo desestimó con un movimiento de su mano.

―Taichi está bien, Gatomon también, estamos todos bien.

―Y… ¿qué haces aquí? ―intentó no sonar brusco, ni darle la impresión de que no era bienvenida, pero a veces no podía evitar que su tono se malinterpretara y eso lo preocupó enseguida.

―Es tu última noche… me imaginé que ibas a estar solo y vine a acompañarte.

―Son las dos y media de la mañana…

Hikari se encogió de hombros.

―¿Ya habías terminado? No quiero demorarte, en todo caso ayudarte…

Daisuke demoró un momento en responder, y lo camufló cerrando la puerta, trabándola y volviendo a apagar la luz exterior, lo que los sumió en la oscuridad.

―¡Lo siento! Por favor, guíate por la luz del comedor.

Pero Hikari eligió guiarse por él mismo y tomó su brazo. Daisuke, que había entrado en calor mientras limpiaba, se había quedado en una remera de mangas cortas, y al abrir la puerta la temperatura exterior le había generado piel de gallina, algo que Hikari no tardó en notar.

―¿Tienes frío? ―se detuvo justo en la entrada del comedor y frotando sus manos intentó darle calor a su brazo―. ¿Así está mejor?

―¡Sí claro! ―exclamó, nervioso, y dio dos pasos hacia el frente para separarse de ella.

―¡Daisuke, el piso! ―La advertencia de Hikari lo regresó a la normalidad, y sí, había comenzado a arruinar su duro trabajo de hacia un rato―. Déjame ayudarte, ¿dónde puedo descalzarme?

―Hikari, ¡no es necesa-! ―pero no terminó su frase, porque ella ya había regresado sobre sus pasos hacia la recepción.

―¡No te muevas! Espérame que ya vuelvo a ayudarte ―le gritó, pero Daisuke no le hizo caso y la persiguió.

En la oscuridad, adivinó que estaba intentando guardar sus botas en el genkan. Prendió la luz.

―Te dije que me esperaras… ahora ensuciamos todo hasta acá.

Sus pisadas habían quedado marcadas en todo el camino, era cierto, pero a Daisuke mucho no le importaba. Hikari tenía puesto un vestido que le llegaba a las rodillas, de color rosa claro, su color preferido. No tenía ningún adorno, y él no podía dejar de mirarla. Aunque la conocía hacía más de una década, y cada uno había tenido toda una serie de relaciones (varias más disparejas que parejas), él nunca había logrado dejar de sonrojarse en su presencia. El ritmo se le aceleraba y la voz se le agudizaba, usaba más gritos que de costumbre y decía más cosas sin pensarlo. Algo que lo descolocaba (de entre tantas cosas…) era la simpleza de su belleza: Hikari no necesitaba nada, no necesitaba maquillaje, no necesitaba alzarse el pelo, ni vestir ropas extravagantes, ni siquiera usar tacones para ser irremplazable a sus ojos.

―Puedes usar las pantuflas que están debajo de todo ―le indicó con la mano, concentrándose en el sonido de su voz―, esas son las que usamos cuando estamos dentro.

―Vamos a tener que limpiar el desastre que hicimos.

Voy a tener que limpiar, que este es mi trabajo ―le sonrió, él de verdad―. Tú puedes sentarte a descansar mientras te preparo tu trago preferido, el de la botella del estante superior.

―¡Nunca me mostraste el famoso estante superior! ¡Es hoy o nunca, Daisuke!

Y como Hikari tenía razón, y él de todas maneras debía volver a repasar el piso, y además era Hikari, Daisuke la acompañó al depósito que apenas una hora atrás había pensado que nunca volvería a ver.

―Guau. Una vez visité el depósito del negocio de los papás de Miyako… no tenía tantas bebidas.

―Lo haces sonar como si solo fuéramos una licorería… ―prendió la luz y el brillo de las botellas la encandiló un segundo.

―Quiero repetir mi sorpresa, Daisuke, ¡¿entre todas estas botellas siempre lograbas encontrar la mía?! ―Recalcó esas palabras porque, en el pasado, él le había dicho que la primera vez que había abierto una de esas había sido para ella, y desde entonces solo Hikari, o personas que venían con Hikari, habían pedido el licor de café Sheridan.

―Es que están en el estante superior, Hikari, son las bebidas que nadie pide. ―Se arrepintió enseguida―. Me refiero a que son las bebidas que solo los clientes más especiales piden, los que tienen mayor personalidad, se podría decir, los que saben lo que quieren y a ello van.

Hikari rio escuchándole entreverarse con las palabras, y por primera vez en esa noche él la escuchó sincera.

―Tonto, no me ofende que me digas que nadie pide mi bebida.

―No es eso… ―se sonrojó―. A partir de mañana, o bueno tal vez de pasado mañana, cuando tenga mi propio local, tengo que tratar a todos mis clientes de forma única, no puedo arriesgarme a perderlos antes de empezar.

―A mí no me vas a perder, Daisuke…

Pero él, o no la escuchó, o la ignoró con éxito, mientras se trepaba a un cajón vacío de cervezas para alcanzar la botella de Hikari.

―¿Lista para tu último trago?

Daisuke se sirvió uno para él, aunque el hielo se derretiría antes de que lo terminara. La obligó a sentarse en el único sillón que tenía el comedor (Hikari tuvo la delicadeza de apoyar encima también sus pies, ya solo en medias, para no seguir pisando el piso que Daisuke se afanaba en limpiar) y le impidió que tocara un trapeador.

―Lo voy a tener listo en diez minutos, te lo prometo.

―¿Y luego? ¿Ya terminas?

Daisuke negó.

―Tengo que esperar que se seque el piso para volver a poner las mesas en su lugar. Hoy está muy húmedo, así que va a demorar bastante.

―¿Y a ordenar las mesas sí me vas a dejar ayudarte?

―Hikari… ―Daisuke dudó un momento, esforzándose por no ser impulsivo, por elegir las palabras que quería decir―. Eso va a llevar, probablemente, algunas horas…

―¿Pero vas a quedarte todas esas horas?

―Claro…

Hikari se encogió de hombros.

―Puedo quedarme a acompañarte, ¿no? Que para eso vine.

Daisuke decidió no insistir más con el tema, por supuesto que él quería que Hikari estuviese ahí, y no quería que su sorpresa le diera la impresión equivocada y la hiciera marcharse. Hikari debía decidir por sí misma cuando fuera la hora de irse.

Le llevó, de verdad, un poco más de diez minutos volver a repasar la entrada y el comedor, un poco porque estaba distraído, otro poco porque Hikari lo distraía, en realidad estaba distraído y era distraído por exactamente el mismo motivo, ¿a quién se lo negaría?

Ella ya había tomado la mitad de su trago cuando él dejó, tal vez definitivamente, el trapeador. Los hielos del suyo habían comenzado a derretirse y la transpiración había hecho una marca circular sobre la mesa ratona de madera en la que lo había apoyado; un error de principiante que solo había cometido por la presencia de su distracción.

Lo limpió.

―Eres muy dedicado, Daisuke.

―Soy dedicado con las cosas que me importan. ―Definitivamente no sabía de donde había salido esa tontería, estaba distraído. Se sentó junto a ella, enfrentándola. El sillón era apenas largo para que cada uno se sentara con sus rodillas flexionadas y se recostaran contra un apoyabrazos diferente, sin rozarse. Aunque sus cuerpos no se tocaban, el ritmo de su corazón se había acelerado una vez más―. Nunca me contaste de donde sacaste este trago.

―Lo trajo Takeru de uno de sus viajes a Francia, lo compró en un aeropuerto.

La mención del nombre de su rival en la infancia lo tensionó. Irguió la espalda, involuntariamente, y presionó sus labios.

Hikari rio. Y una vez más, era sincera.

―Han pasado años, Daisuke, no puedes seguir tensionándote cada vez que nombro a mi mejor amigo. ―Él enrojeció, ¿cómo podía Hikari leerlo tan bien?

―No me tensioné. ―Pero ni él se creyó esas palabras.

―Daisuke… ―Hikari se acercó a él. Novió sus pies, diminutos, hasta apoyarlos encimo de los suyos―. Nunca pasó nada con Takeru. Me has conocido otras parejas, y jamás te comportaste con ellos como te comportabas con Takeru cuando lo conociste… ya debería de ser hora de dejarlo ir, ¿no?

Daisuke se rascó la mejilla. La cercanía de Hikari lo llenaba de sensaciones contradictorias. Por un lado, le gustaba la calidez que irradiaba su piel; él ya tenía un poco de frío, se había olvidado de buscar un abrigo antes de acercarse a ella. Por otro lado, le era difícil concentrarse teniendo la mirada de ella clavada en su rostro. Para empeorar todo, en realidad no tenía idea de por qué le molestaba que mencionara a Takeru, era casi un acto reflejo.

Un trueno los sobresaltó y cortó el momento. La tormenta tomaba fuerza.

―Lo gracioso es que ni siquiera me gusta el café. ―Hikari retrocedió a su posición anterior, rompiendo el contacto entre sus pies. Daisuke suspiró aliviado. Aunque sabía que Hikari había cambiado de tema para ayudarlo, decidió no tomar ese guante.

―No me tensiona Takeru. Yo sé que no se… gustan. ―No sabía cómo decirlo sin que sonara raro. Era extraño tener esa conversación con ella―. Y yo ya no soy un niño, Hikari, creo que supere esas manías de mi infancia. De algún modo creo ―pensó un momento más antes de decirlo― que me pone celoso la amistad que tienen.

―Pero tú también eres mi amigo, Daisuke.

―¡Ya lo sé! ―volvió a sonar brusco, lo sabía―. No es eso, es… no sé bien que es ―admitió―. Pero no lo hago con ninguna mala intención, yo valoro mucho tu amistad, y la de él también, eso lo sabes, ¿no?

Pero Hikari no respondió. Observándolo, terminó su vaso de licor.

―¿Puedo tomar más?

―Claro. Es tu botella. Voy a buscar los hie- ―Hikari lo interrumpió apoyando una mano sobre su brazo.

―No necesito hielo. No te levantes. ―Daisuke observó la mano que tocaba su brazo desnudo y volvió a, inexplicablemente, sonrojarse como un niño―. Vas a volver a ensuciar el piso…

―No puedo darte un licor sin hielo, Hikari, eso sería no haber aprendido nada en cinco años de trabajo y cuatro años de universidad…

Hikari volvió a acercarse a él, una vez más apoyando sus pies sobre los suyos, y tomó de un trago la mitad de su vaso.

―No vine esta noche por hielo…

―¿Y por qué viniste…? ―se animó a preguntar, finalmente.

Hikari soltó su brazo y movió sus pies de lugar.

―Vine porque no quiero que pases tu última noche de trabajo solo, ya te lo dije. Pero tampoco quiero que sea más larga de lo necesario, por eso, no toquemos el piso, Daisuke

Daisuke se recostó mejor contra el apoyabrazos del sillón. Por lo general aprovechaba ese rato para dormitar, o quizás para leer algo de la universidad, cuando aún no la había terminado... No recordaba haber pasado alguna noche conversando con alguien.

―¿Ya tienes todo preparado?

―Bastante, por lo menos… Wallace me estuvo ayudando con los papeles que necesito para darle de alta al servicio, todo eso está listo, aunque en algún momento durante el primer mes voy a tener que rendir un examen de bromatología. Al principio puedo trabajar porque tengo validado mi título de acá, pero con muchas limitaciones, así que lo voy a rendir cuanto antes. Y ya tengo apalabrado el carrito también, tengo que pagarlo en efectivo cuando llegue, comprar la materia prima, por suerte Mimi me ayudó seleccionando algunos proveedores, pero claro, es comida, tengo que verla en persona, chequear la calidad, no sólo los precios importan, ¿no? ―Daisuke se detuvo porque se dio cuenta de que estaba hablando sin parar, como le pasaba cuando se emocionaba. Hikari no parecía aburrida, pero su sonrisa no era melancólica; no supo identificar la emoción detrás de sus ojos―. ¿Perdón? No quería hablar tanto…

―No me pidas disculpas. Te emociona lo que haces. ¿No?

Daisuke asintió.

―¿Vas a volver para Año Nuevo?

―… No lo tengo en mente. ―Le extrañó la pregunta.

―Pero podremos vernos en el digimundo, seguido, ¿no?

―Eh… estimo que sí ―tartamudeó un poco, confundido.

Hikari había seguido tomando, y ya estaba cerca de terminar su segundo vaso, cuando él seguía aún en el primero (que ya era más agua que alcohol). Le molestaba no poder sentirse natural esa noche, estando solo con una de sus mejores amigas; irremediablemente su etapa de enamoramiento infantil seguía viniendo a buscarlo, como si no estuviera listo aún, el Daisuke niño de hace más de una década, para dejarla ir.

No podía decir que lo hubiera intentado. Nunca intentó, conscientemente, olvidarla. Simplemente creció, conoció a otras personas, encontró otros intereses, tuvo un trabajo, fue a la universidad… y ella había seguido un camino similar. Ya hacía muchos años que Daisuke valoraba, ante todo, y más que cualquier otro sentimiento, la amistad que lo unía a Yagami Hikari.

¡Pero es que esa noche era tan confusa!

―Creo que ya se está secando el piso ―se giró para tocar el piso con sus pies, pero Hikari, que hasta hace un segundo parecía medio dormida, recostada contra su propio apoyabrazos, volvió a apoyar sus manos sobre su brazo, y aprisionó los pies de Daisuke con los suyos.

―Daisuke, no toquemos el piso.

―Hikari… ¿por qué?

Ella se acercó aún más, y apretó su brazo con sus manos para impulsarse hacia él. Daisuke vio brillo en sus ojos, y enseguida supo que Hikari había tomado más de lo que podía soportar, y se arrepintió de no haberla detenido.

―Te voy a extrañar, Daisuke. Cuando te vayas, mañana… te voy a extrañar.

No era usual que Hikari hablara tan abiertamente de sus sentimientos, al menos no con él, y Daisuke se conmovió, lo conmovió la ligera borrachera que segundos antes había lamentado.

―Yo también, Hikari, por supuesto que te voy a extrañar, mucho. Y te agradezco que hayas venido a acompañarme hoy, a decirme esto…

―No vine hoy a decirte eso.

Hikari deslizó sus pies a través de las piernas flexionadas de Daisuke. Él intentó retroceder, preocupado por el desenvolvimiento de su amiga, que indudablemente era culpa del alcohol, pero su espalda se chocó con el apoyabrazos y ya no tenía a donde irse, más que levantarse del sillón.

―No toques el piso, Daisuke.

―¿Por qué?

Hikari no contestó. Él no se movió. Hikari acarició su mejilla con una mano.

―Vine a verte porque quiero hablar de mis sentimientos.

―Hikari, creo que tomaste demasiado…

―¡No me hagas a un lado con esa excusa! ―le sorprendió que levantara el tono de esa manera―. No estoy borracha. Pero es cierto que no suelo hablar de esta manera, y entiendo que te sorprenda. Pero no me hagas a un lado antes de escuchar lo que tengo que decir.

El mundo del revés, esa noche era el mundo del revés. La tormenta que había comenzado tiempo atrás arreciaba. Los postigos de madera de las ventanas temblaban, y Daisuke agradecía haberlos asegurado antes de que comenzara a llover.

No le preguntó que era lo que había venido a decir, porque se dio cuenta de que no quería saberlo.

Hikari lo soltó, y él respiró un poco más tranquilo. Pero inmediatamente ella se arrodilló frente a él y apoyó sus manos en sus tobillos, en el límite entre sus medias y sus pantalones.

―¿Qué haces?

―Sé que estás a punto de levantarte a asegurarte de que las ventanas estén cerradas, o de que no hayas olvidado una luz prendida, o quien sabe que más. Y no quiero que toques el piso porque esta es tu última noche en Japón. Y esto que hemos construido esta noche se va a terminar una vez que toques el piso.

―¿Qué hemos construido esta noche?

Nada lo hubiera preparado para que Hikari decidiera besarlo, abrazarlo, intentara recostarse sobre él para tenerlo más cerca.

Nada lo hubiera preparado para interrumpir ese contacto. Para rechazarla.

―Tomaste de más ―afirmó.

―¡No toques el piso! ―reclamó, y por primera vez sus intentos de impedirlo con las manos lo lastimaron―. ¡Te rasguñé! ―lamentó, arrepentida―. Daisuke…

―No es nada ―con un gesto intentó disipar sus preocupaciones―. No es nada ―repitió.

―No quieres besarme.

Daisuke sintió escuchar el ruido de su propio corazón rompiéndose en veinte pedazos.

―Hablemos mañana, Hikari…

―Mañana te vas, Daisuke. Te mudas.

Una afirmación innegable.

―Quiero pedirte una cosa ―le pidió ella, casi con un hilo de voz.

"Lo que quieras", hubiera contestado el día anterior. ¡Dos horas antes!

―Dime ―contestó esta vez.

―No quiero que pienses que estoy borracha. No quiero que ―suspiró, tratando de ordenar sus pensamientos―… No estaba borracha cuando vine a verte, esta noche. Vine porque quería hablar contigo y nada de lo que dije, de lo que… de lo que hice, hoy, está influenciado por el alcohol. Yo ya sabía lo que quería cuando vine. ―Respiró―. Lo que no sabía es que tú no quisieras lo mismo…

―Estuve enamorado de ti durante años, Hikari. Toda mi infancia. Parte de mi adolescencia, toda mi… prácticamente toda mi vida, hasta… te consideré mi amor platónico. Te superé, te… conocí a otras personas. Conociste a otras personas. Te voy a querer por siempre. Me voy mañana. No puedes hacerme esto…

―¿Piensas que acaso lo planeé? ¿Qué estuve todos estos años esperando que decidieras irte a otro continente para venir a decirte lo que siento?

Daisuke no lo sabía, de verdad.

―¿No vas a besarme?

―Me voy mañana… demonios, me voy en menos de veinticuatro horas.

―Pero hoy estamos aquí…

―Hikari…

Daisuke sintió que sus dedos lo traicionaban mientras los veía buscar las manos de Hikari, agarrarlas, acercarla a él. Ella le acarició el rostro.

―Lo siento ―le dijo―. Siento no haberlo sabido antes, Daisuke… no haberlo sabido hace un año. Hace un mes. Ayer. Antes…

Daisuke no respondió. La tormenta golpeaba afuera y arreciaba en los ojos de Hikari.

―Me voy mañana.

―¿No vas a besarme?

―Ya me voy…

―Daisuke, no toques el piso.

―¿Por qué…?

―No quiero que se rompa este momento…

―¿Qué momento?

Hikari volvió a besarlo.

Se odió por saber que internamente quería cosas que racionalmente no quería. Se odió por abrazarla, por dejarla recostarse sobre él, por olvidarse de que debía poner las mesas del restaurante en su lugar. Afuera la tormenta arrancaba árboles de raíz, las canaletas del local se hundían bajo el peso del agua y de las hojas caídas y la botella de Sheridan impregnaba para siempre su marca de agua en la mesa ratona a sus pies.

Él también la besó.

Se odió por resistirse, por intentar alejarla de su cuerpo. Se odió por impedir que a esa batalla la ganara el Daisuke niño, adolescente. Supo que lo estaba destrozando, lo estaba haciendo pedazos, estaba aniquilando al niño que jugaba videojuegos con Veemon, que quería cocinar el mejor ramen del mundo y que soñaba con jugar al fútbol.

Afuera, los árboles volvían a estar en pie.

Se separó de ella.

―Me voy mañana, Hikari. En doce, catorce horas. Es mi sueño.

―¿No hubo una época en la que yo fui tu sueño?

―¿Qué me estás pidiendo? ¿Que me quede? ―Él le puso palabras a lo que ella no quería expresar.

―No quiero… no quiero ser egoísta…

―Nunca podrías serlo, Hikari, creo que ni aunque lo intentaras. ―Ella le sonrió. Afuera, de a poco, la madrugada se calmaba―. Tengo que ordenar las mesas y las sillas.

―No te vayas todavía, Daisuke…

―Tenemos que aprovechar que ahora no llueve. No podemos volver a casa bajo la tormenta.

―Aún no, Daisuke…

―Voy a ordenar las mesas y las sillas.

―Daisuke, no apoyes los pies en el piso… ―Hikari intentó por última vez detenerlo. Sostuvo su brazo, lo miró a los ojos, lo hizo todo en vano.

Daisuke apoyó los pies en el piso.

―Te habría esperado toda una vida, Hikari, si en una década me hubieras dado una pista de lo que sentías. Tengo un sueño. Tengo… tengo otro sueño. Lo estoy preparando hace años. Y mañana comienza. Hoy comienza.

―Te dije que todo se iba a terminar cuando apoyaras los pies en el piso…

―Por favor, espérame mientras ordeno las mesas y las sillas. No quiero que hagas ningún esfuerzo.

Ella ya no protestó. Daisuke se levantó sin mirar atrás.

Hikari ya se había puesto su caperuza roja de nuevo, se había calzado sus botas de lluvia y lo esperó en la recepción mientras él apagaba las luces. Antes de irse, Daisuke se acordó de la botella de licor, la que iba en el estante más alto. Estaba vacía.

La limpió con agua y la dejó secar junto a los demás reciclables.

Hikari lo esperaba afuera, parecía Caperucita Roja. Cerró el restaurante. Dejó la llave donde habían acordado.

Daisuke se fue, no volvió a mirar atrás.


Notas: Quisiera hacer tres aclaraciones. La primera es que parte de la idea de la escena en el restaurante la tengo de una película con Penélope Cruz, que no sé cual es, y que vi una sola vez, y que por algún motivo nunca se fue de mi cabeza.

La segunda es que a esta idea la tengo hace seis, siete años. Esta escena sería parte de un fic sobre la adultez que nunca escribí.

La tercera es que parte de la conversación podría estar influenciada por un fanfic espectacular de mi amiga Sirelo, Las horas no registradas.

No sé por qué estos dos me dan para el angst. Pero creo que este fic es mi canto de amor a Daisuke, porque se lo merece, y yo se lo debía.

Espero recibir reviews.