Disclaimer: Digimon no nos pertenece.
Colección surgida para amenizar la cuarentena. Yamato como personaje principal, otro personaje y género por sorteo, y dos palabras que conectan unos fics con otros. Extensiones y autores diferentes.
Personajes: Yamato y Catherine
Género: horror
Palabras: éxtasis y lobo
Autora: HikariCaelum
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El ensordecedor silencio
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Frenesí. Adrenalina. Éxtasis.
A eso se había reducido la vida de Yamato durante años. Hacer música en medio de ensordecedoras salas. La vibración de los altavoces estaba tan dentro de él que la quietud fuera de los conciertos le parecía antinatural. Fiestas después. Cuerpos apretados en alguna discoteca, bailando, girando. Movimiento. Alcohol. Suelo vibrante. Música.
Vacío.
En realidad, a eso se había reducido. A vacío. Porque, cuando llegaba el silencio, era con lo que se encontraba. Paredes demasiado altas, blancas, desnudas. Su cabeza vacía, un pitido interminable, sordo.
Era como existir a cámara rápida y después ir a una pausa. Larga, demasiado larga. No podía más con ello. Se había quedado seco por dentro. No tenía más ruido que darle a las cuerdas de su bajo y su voz estaba muda. No tenía más canciones.
Su hermano le dijo que solo tenía una forma muy melodramática de llegar a un bloqueo creativo. Yamato pensó que él siempre había estado bloqueado.
Así que hizo como hacía siempre: huyó.
Las calles de París fueron un agradable respiro. Alquiló un pequeño apartamento y se dedicó a pasar noches en bares con música en directo, a respirar canciones de otros, a escuchar sin que el suelo bajo sus pies vibrara.
Sabía que solo era una calma momentánea, porque ya empezaba a notar la necesidad de adrenalina en el cosquilleo de los dedos, pero la aprovecharía.
Takeru no estaba de acuerdo. Decía que le faltaba algo novedoso de verdad, algo que le diera alegría a su vida, que le hiciera compañía. Una pareja. Por eso estuvo insistiéndole en cada llamada, hablándole de la cita a ciegas que quería prepararle.
—De verdad —le decía—, te gustará. Es una chica con opiniones fuertes y un pongo intensa, como tú. Y no estará soltera para siempre. ¿Cuántas posibilidades había de que pasara justo cuando tú te has ido a París? Es una señal.
A su hermano siempre le había gustado hablar de destinos. Yamato no pensaba que hubiera un camino recto hasta una meta que te haría feliz sí o sí, que te daría sentido, pero sí creía que, para algunos, había algunas sendas inevitables.
Y él era uno de esos. De los que no podía evitar el camino negro, húmedo, vibrante. De los que no dejaban de intuir la meta e intentaban escapar de ella.
Quizá por eso, porque le pilló en un momento de debilidad, de soledad… Hizo caso al mensaje.
De:Número desconocido [20:19]:
Cita. Mañana, 20:20, pub Le Loup.
Pasó un día entero preguntándose por qué se dejaba enredar, convenciéndose de que era una estupidez y excusándose de que iba por hacer que Takeru le dejara en paz.
Pero, ¿la verdad? Sentía que el suelo le empezaba a vibrar de nuevo. Y lo hacía menos mientras caminaba hacia el pub. Aunque quizá era pronto para beber, y tenía el estómago vacío, se pidió una copa y se sentó junto a la ventana.
A las 20:20 exactamente, la puerta del local se abrió y entró una chica rubia, con el pelo muy largo y los ojos muy azules. Se sentó en el sillón enfrente de él, al otro lado de la mesa, y mordió la pajita de la copa que le trajo el camarero.
—Hola, Yamato —dijo, soltando la pajita.
—No sé cómo te llamas.
—Catherine. —El asintió con la cabeza, incómodo.
Con las uñas, ella dio un golpeteo contra la madera, en un ritmo que le recordó a algo… No, no lo conocía.
—Mira… —Se calló, porque realmente no sabía qué iba a decir, pero el silencio le resultaba muy denso—. Mira, que no sé mucho de esto, ni siquiera sé que hago aquí. Será que mi…
—Dime, Yamato —le interrumpió Catherine, jugando con la pajita—, ¿qué ves?
Él frunció el ceño.
—¿Quieres que te piropee o algo así?
—No. Qué ves. En general, a tu alrededor.
Yamato parpadeó varias veces, igual de confuso. Dio una mirada rápida por el pub y no encontró nada que no hubiera visto mil veces en miles de locales parecidos. Personas bebiendo de más, riendo forzadamente, haciéndose escuchar por encima de la música, aunque nadie les prestara atención.
—Gente que intenta no pensar —respondió, con fastidio.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Intentas no pensar?
—Pues… no. No lo intento.
—Hay mucho silencio, ¿verdad? —preguntó ella.
Dio otra vez golpecitos con las uñas, en el mismo ritmo. Tic, tic-tic, tic, tic. ¿Por qué era capaz de escucharlo con todo el ruido que había?
Se había quedado callado, y mirándole fijamente la mano, así que intento reaccionar.
—Hay mucho escándalo aquí —consiguió decir.
—Sí, y con él llenamos el silencio.
Catherine sonrió. Pero había algo… raro, en el gesto. ¿Qué era?
—¿Tú también? —preguntó Yamato.
—Bailemos.
La chica se puso en pie y le agarró la mano. Él no supo bien cómo acabó en el centro del pub, siguiendo el ritmo de una música a la que apenas prestaba atención, con el cuerpo de Catherine a su lado. Era más pequeña que él, delicada, elegante. Se movía como si tuviera un ritmo propio, pero que encajaba con todos los demás, se confundía entre ellos.
Se vio sumergido en sus movimientos, en sus ojos, en las pocas palabras que intercambiaron.
Antes de que se diera cuenta, ella se estaba despidiendo y saliendo por la puerta. Miró el reloj: las 23:59. ¿Cómo había pasado tanto tiempo?
Cuando salió del pub, miró a su espalda. No había apenas gente en la calle. Caminó por la carretera, alumbrado por las farolas y cobijado por el cielo nublado. O quizá era contaminación. Había dejado de buscar estrellas, así que no se dio cuenta.
Miró sobre su hombro en medio de una gran intersección. No venía ningún coche, no había nadie… pero le había parecido… Nada. No era importante.
Eso se dijo, pero apretó el paso. Dejó la carretera y casi corrió por la acera de la última calle que lo separaba de su casa. Cuando abrió el portal y entró, empezó a escuchar coches pasar y jóvenes que se iban de fiesta y hablaban a gritos.
Qué escandalosos. No le dejaron dormir.
Dos días después, le llegó un mensaje.
De: Catherine [20:23]:
Cita. Mañana, 20:24, parque La solitude.
No se molestó en responder. No lo había hecho la primera vez.
Se preguntó qué hacía allí cuando se sentó en un banco cualquiera del gran parque. Estaba rodeado de frondosos árboles y solo quedaban parejas que aprovechaban la penumbra para comerse. Sintió lástima por ellos, porque sabía que esa sensación burbujeante del principio se les acabaría, y solo quedarían cascarones vacíos. Se forzarían a mantenerse juntos o se separarían, pero siempre habría resentimiento. Lo había aprendido muy niño.
Alguien se sentó a su lado y supuso acertadamente que era ella. Iba vestida de un azul muy oscuro y señaló su falda.
—¿Te gusta? Conjunta con tus ojos.
—¿Mis ojos?
—Los míos son más claros, pero también azules. Míranos, hasta podríamos ser hermanos. Arrancados del vientre de la misma madre.
Yamato olvidó qué iba a responder, porque ella dio esos golpecitos con las uñas contra la piedra de la que estaba hecho el banco.
Ese ritmo. El mismo, el desconocido y… familiar.
—¿A qué te dedicas? —preguntó, intentando pensar en qué se suele querer saber de alguien nuevo.
—Me gusta el parque. Es tranquilo. Pero, si te paras a escuchar… es ensordecedor. ¿A qué le tienes más miedo, Yamato?
—¿Si tengo alguna fobia, quieres decir? —Catherine se rio. El sonido fue extraño.
—No, las fobias a veces son más asco que miedo. Yo hablo de… Cuando era niña, monté en una atracción en una feria. Delante de mí, había una chica con el pelo muy largo. En un momento, se le quedó enganchado en algo y se le arrancó de cuajo. Había tanta sangre que pensé que estaba lloviendo rojo.
Él tragó saliva. Ella volvió a hacer ese ritmo sobre la piedra.
—De eso hablaba, de esa sensación —explicó Catherine.
—Pero llevas el pelo largo.
—Claro. Y tú estás aquí. ¿Por qué?
—Mi hermano me…
—Paseemos.
La chica no esperó a que se pusiera en pie para empezar a andar. El parque estaba lleno de sombras de muchas formas diferentes. Algo se movía en las copas de los árboles y sacudía las hojas, como si esperara arrancarlas de cuajo.
No. Solo era viento.
Caminaron por senderos de tierra y de piedra, y después pisaron el césped. Nadie los regañó, así que siguieron los caminos prohibidos. Yamato no era capaz de apartar los ojos de Catherine. Andaba con delicadez y elegancia, en un ritmo propio, y se encontró ajustando sus pasos a los de ella.
La vio marchar, quieto en donde le había dejado. Miró la hora: 23:59. Otra vez se había hecho muy tarde.
Buscó la entrada del parque por la que había llegado, pero no la encontraba. Todo estaba vacío, menos por el movimiento de los árboles. Las sombras venían del cielo, porque las pocas nubes que había cruzaban delante de la luna, pero él no miró hacia arriba, ya no lo hacía nunca.
Se detuvo en seco en medio de ninguna parte. Miró sobre su hombro y esperó. Nada pasó. Siguió andando.
Un cosquilleo en la nuca hizo que volviera a pararse y mirara a su alrededor. Nada.
Sus pasos retumbaban en el parque como si fueran el único sonido del mundo. Odiaba el silencio. Pisó todo lo fuerte que pudo, cada vez más rápido, mirando de vez en cuando a su espalda.
Cuando por fin llegó a la entrada del parque, escuchó voces a su espalda. Un grupo de adolescentes con alcohol, creyéndose más mayores de lo que eran, reía de algo. Una pareja de ancianos caminaba también en dirección a la salida, hablando muy alto porque no debían escucharse bien.
Yamato se quedó profundamente dormido esa noche. Casi parecía que le costaba despertar. Que no quería.
Le latía el corazón muy rápido cuando lo hizo. A un ritmo determinado. Desconocido, pero familiar.
No durmió más durante dos días. Entonces fue cuando le llegó un mensaje.
De: Catherine [20:26]:
Cita. Mañana, 20:27, cine Vertige.
Por primera vez, se preguntó del porqué de esas horas tan concretas. Esperó en la entrada del cine, con un cigarro en los labios y la incómoda sensación de que el suelo vibraba. Ella dio la vuelta a la esquina a la hora exacta que había dicho.
—¿Por qué esta hora? —preguntó él, después de saludar con la mano en alto.
—Quedan trece minutos antes de que empiece la película —respondió Catherine—. Me gusta el trece, algunos dicen que está maldito.
La siguió hasta la taquilla y entonces supo que iban a ver la película de miedo de turno. Esa, en particular, iba de una muñeca maldita, con el pelo largo rubio y los ojos azules.
Se sentaron atrás del todo. Catherine se inclinó hacia él para decirle algo al oído, pero no lo escuchó, porque los anuncios empezaron y eran ensordecedores. La pantalla brillaba demasiado para sus ojos cansados. Se preguntó si sería capaz de quedarse dormido si lo intentara.
En medio de una escena cualquiera, con la película ya empezada, la chica dio golpecitos con las uñas en el plástico del reposabrazos. En un ritmo determinado, familiar. Tic, tic-tic, tic, tic.
Retumbó tanto en la cabeza de Yamato, que apenas se enteró de la película. Le agarró la mano, para que parase ese ruido atronador, y se inclinó para decírselo, pero se encontró con su cara muy cerca.
—Tu mano es tan fría que quema —susurró ella, pero lo escuchó perfectamente.
No la soltó.
Sí, a veces le quemaba hasta a sí mismo. Por dentro. Frío que ardía y no le dejaba pensar en nada más.
Catherine se acercó hasta que sintió su aliento en la cara.
—¿Te gusta jugar conmigo? No eres el único.
Yamato se inclinó, dispuesto a besarla, no sabía si por deseo o por ganas de que no dijera nada más, pero las luces de la sala se encendieron. La película, al parecer, había terminado.
No soltó su mano, no sabía si sería capaz. Ella le sonrió de esa forma tan suya. Sin los ojos.
Cuando los demás habían salido de la sala, Catherine pegó sus labios al cuello de Yamato.
—No me has respondido —dijo él, sin pensar. Ella no se apartó.
—¿A qué?
—A muchas cosas. A por qué estas horas…
—Es la hora a la que anochece. Todos los días, un minuto más tarde.
—¿Y… por qué…? —La mano de Catherine también le acarició el cuello. De lado a lado.
—Imagina que las personas tuvieran veneno en la piel. Moriríamos a besos y caricias. ¿Crees que así merecería la pena?
—La gente evitaría tocar a otros.
—No estás pensando en lo más peligroso. —Ella le mordió—. Nos envenenamos a nosotros mismos.
Le bailaron esas palabras en la cabeza. Sobre todo, porque había hablado en presente. Cuando Yamato reaccionó, ella ya estaba en la puerta de la sala, despidiéndose con una mano en alto.
El proyector se apagó. Las luces tenues de los laterales eran amarillentas, como si jugaran a fingir ser el sol. Notó algo en la nuca y se dio la vuelta, pero solo se encontró su propia butaca y la pared.
La sala vibró. Los altavoces estaban quedándose roncos de tanto gritar el silencio.
El cuerpo le pesaba de forma extraña. Parecía estar debajo del agua, flotaba ligeramente, pero algo lo empujaba hacia abajo. Y abajo. Y abajo. Se quedaba sin aire.
Escuchó golpecitos, en un ritmo determinado. Era su propio pie, marcando el tempo.
Se levantó de golpe y bajó las escaleras. Una respiración a su espalda hizo que se diera la vuelta. Pero no había nada. Se tambaleó y tubo que agarrarse a la barandilla para terminar de bajar.
Cuando abrió la puerta, la sala se iluminó. Varias personas, sentadas en diferentes butacas, comían palomitas y charlaban, a la espera de que empezara la película.
Corrió.
Corrió hasta la salida del cine. Hasta la estación de metro. Hasta el andén.
Tuvo que pararse en seco, porque se tambaleó cerca de los raíles. Por suerte, no había nadie. El ruido del tren acercándose fue sonando más y más fuerte. Retumbando en el techo y golpeando los tímpanos de Yamato. Se tapó los oídos.
De reojo, vio un pelo rubio. Cuando se giró, no había nada ahí. Solo el solitario andén.
El tren parecía un enorme monstruo, abriendo sus tripas para que Yamato entrara y las pisara. El vagón se tambaleaba y chirriaba. El túnel era tan negro que solo era capaz de ver su propio reflejo en la ventanilla.
Apretó los dientes. Tanto, que se hacía daño. Pero cuanto más apretaba, más parecía callarse el tren. Y, entonces, se hizo el silencio.
Todo estaba quieto. La luz titiló. Él siguió mirándose a los ojos en el reflejo.
Odiaba el silencio.
Le pesaba el cuerpo. Quería salir de él. Marcharse.
Cuando la puerta del metro se abrió, varias personas salieron del vagón, empujándole. Él los siguió como un autómata. Estaba sudando y le dolían los dientes. Agotado.
Se dejó caer en su cama cuando llegó a casa, era pasada medianoche. Se durmió así, sin cambiarse, sin limpiarse el sudor. Lo despertó de su profundo sueño su hermano, quince horas después. Respondió a la llamada y su voz sonó ronca, casi se había olvidado de cómo usarla.
—¿Sí?
—¡Hola! Necesitaba un descanso, es uno de eso días en los que no consigo escribir bien… ¿Te he contado que me encontré el otro día a…?
Yamato desconectó a medias. Se levantó, se preparó una taza de café y respondió solo cuando Takeru se quedaba en silencio.
—… y, claro, como todo fue tan traumático, no he vuelto a una feria. Se lo he explicado a Hikari, pero dice que no por eso va a cambiar de idea, que quiere el pelo largo. ¿Ey, estás ahí?
—Sí, perdona… Es que he dormido demasiado. Fui con Catherine al cine y… Oye, a veces, ella es un poco… no sé. Igual no es ella, soy yo, pero me suele pasar… A ver, no tengo miedo, eso que quede claro… —Su hermano soltó una risilla.
—¡Para! Que no oigo a mi hermano. —Se volvió a reír y se escuchó un beso—. Ahora voy… Sí, lo que te apetezca. Vale, ya voy. Perdona, Yamato, que acaba de llegar Hikari a casa, ¿qué decías?
—Nada, una tontería. Salúdala de mi parte.
Colgaron después de despedirse y decidió darse una ducha. Larga, con agua tan caliente que acabó con la piel muy roja.
Fue a comprar algo de comida, porque tenía la nevera vacía. En los pasillos del supermercado estuvo solo, parecía que la gente lo esquivaba, y, aun así, se sentía perseguido. Miró a su alrededor a cada minuto, pero no vio nada extraño.
La sensación le duró dos días. Cada vez que salía a algo, notaba como si unos pasos hicieran eco a los suyos. Veía de reojo pelo rubio, pero no había nadie cuando se giraba. Se acostumbró a andar más rápido y a salir lo menos posible.
Ni en casa estaba a salvo de la sensación.
Cuando apagaba la luz e intentaba dormir, sentía que lo observaban. Varias veces le pareció ver una silueta a los pies de su cama. Pero, cuando encendía la lámpara, allí no había nada. Todo, hasta que le llegó un mensaje.
De: Catherine [20:29]:
Cita. Mañana, 20:30, Centro Comercial L'enfer.
Yamato dio vueltas por las tiendas, se compró un café para llevar que se terminó muy rápido. Se preguntó cómo iban a encontrarse en un sitio tan grande, pero exactamente a y media notó unos golpecitos en el hombro. Fueron cinco, en un ritmo determinado.
—¿Te gusta mi vestido? —dijo Catherine, a modo de saludo. Era azul oscuro.
—Sí.
—Conjunta con tus ojos.
—Lo sé. —Realmente, no sabía si era el mismo de siempre.
—Juguemos a algo.
—¿Jugar?
—El juego de la escalera. Ven.
Ella entrelazó sus dedos. Sus pieles estaban tan frías que quemaban.
Lo llevó hasta una de las escaleras no mecánicas del centro comercial. Nadie subía ni bajaba. Catherine se quitó del cuello un pañuelo gris y lo anudó con fuerza tapando los ojos de Yamato. Después, se puso de puntillas para hablarle al oído.
—Tienes que hacer lo que te diga —susurró—. Es muy importante. Si te equivocas en algo, te perderás. —Él asintió con la cabeza—. Di seis veces: «hoy me presento ante ti, Lucifer. Ábreme las puertas de tu reino». Después sube contando los escalones.
Yamato quería decirle que ese juego era estúpido, que de por sí subir escaleras con los ojos cerrados era peligroso, pero se encontró a sí mismo haciendo caso. Contó en voz alta cada escalón hasta que llegó arriba. Eran 24.
—Ahora repítelo una vez, da la vuelta y baja, contando los escalones —escuchó, contra su oreja, aunque Catherine debía estar abajo.
Hizo caso. Siete… dieciséis… veintidós… Eran 25. Uno más que antes.
—Eso ha sido rápido… ¿Cuánto has pecado? Ha funcionado, él te ha bendecido y has entrado al inframundo —le dijo la chica, susurrándole al oído—. Camina. No te pares. No temas.
Yamato se dio la vuelta y dio un paso, esperando el primer escalón, pero no lo encontró. Siguió caminando. A su alrededor, empezó a escuchar sonidos. Crujidos, golpes como de cosas cayéndose. Un olor profundo le llegó a la nariz. Y calor, un calor ardiente a su alrededor.
Cuando llevaba andando lo que parecía un largo rato, volvió a oír una voz. Una desconocida.
—¿Qué quieres?
¿Qué quería? Buena pregunta. Nunca lo había sabido, precisamente ese era su problema. Cuando pensaba que quería algo, si lo conseguía, perdía todo el sentido. Con las metas, con las personas, con sus estúpidos sueños.
—Que esto acabe —dijo. No sabía ni él a qué se refería con «esto».
Siguió caminando y se encontró con escalones de nuevo. Subió los veinticuatro. Dejó de sentir calor, de oler y escuchar cosas extrañas. Catherine le quitó el pañuelo de los ojos.
—Bien hecho —dijo ella, sonriendo de esa manera tan particular—. Si hubieras tenido miedo, o si te hubieras caído, podrías haberte quedado atrapado para siempre.
—¿Qué acaba de…?
—Pero tú no tienes miedo. ¿A que no? Porque te da igual. Tú te das igual.
—Yo… —empezó a decir Yamato, confuso. Ella le agarró la mano y le dio varios apretones, en un ritmo determinado—. Sí. Supongo.
Catherine se puso de puntillas y le besó los párpados cerrados. Él se quedó un momento así, respirando despacio. Cuando volvió a abrirlos, ella estaba ya al pie de la escalera y se despedía con la mano. Miró el reloj: 23:59.
El centro comercial, como era lógico, estaba desierto. Quedaban unas pocas luces en algún escaparate. Le pareció ver sombras jugueteando entre ellos, saltando de uno al otro, viéndole marchar. Se frotó los ojos, confuso. Un murmullo a su espalda hizo que apretara el paso.
Al contrario que otras veces, no se dio la vuelta. No quería saber qué había tras él.
Sus pasos retumbaban con tanta fuerza que los cristales vibraban. Sentía que era capaz de destruir el mundo con su silencio.
Algo le hizo tropezar, pero no había nada. Trastabilló, aunque no se cayó. Y salió a toda prisa del lugar. En cuanto cruzó la puerta, se encontró varias personas despidiéndose en la entrada, y algunos taxis esperando por clientes. Tomó uno y, después de ver los ojos tan negros del conductor en el retrovisor, cerró los párpados y se dejó llevar hasta su casa.
Los siguientes dos días, no notó nada extraño.
Nadie observándole, nada persiguiéndole, nada de qué huir. Solo vacío.
Odiaba el vacío.
Estaba ya con el teléfono en la mano, a la espera del mensaje, cuando llegó.
De: Catherine [20:32]:
Cita. Mañana, 20:33, calle Le choix. Camina en dirección sur, hasta el final. Nos vemos en el puente sobre la carretera.
Se pasó el día de espera dando vueltas por su minúsculo apartamento. Las paredes le asfixiaban, se arañaba inconscientemente los brazos. No podía más con el silencio. No soportaba más la vibración del suelo.
¿Cómo podía nadie sentir eso? Ese avanzar tan lento, ese ardor por dentro. Solo quería que alguien le sacara del cuerpo esa sensación.
No podía más.
Sus oídos se llenaron de un pitido cada vez más agudo y más alto. Quería extirparse los tímpanos. Ya esperando en el puente sobre la carretera, se tiró del pelo hasta que se arrancó de cuajo varios.
Se quedó mirándolos, esperando la sangre que no llegó.
—Hola —saludó Catherine, a su lado, y acalló el insufrible pitido.
Él no acertó a responder, pero la imitó cuando se apoyó en la barandilla y miró hacia la carretera. Allí, muy abajo, los coches pasaban a toda velocidad. Sus faros eran estelas que recorrían la noche que ya se cernía sobre ellos, más oscura que nunca. Aunque Yamato no la vio, porque llevaba mucho tiempo sin mirar al cielo.
—¿Conoces esa frase? —preguntó ella, sin dejar de mirar hacia abajo—. Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti.
Dio golpecitos con las uñas contra el metal de la barandilla. El sonido rebotó dentro de la cabeza de Yamato y se multiplicó.
Catherine pasó una pierna sobre la barandilla y se sentó en ella, con los pies hacia afuera. Él, sin dudar un instante, la imitó.
—Tú has mirado demasiado al abismo.
—Lo sé —respondió él, inclinándose hacia afuera para mirar mejor. El asfalto estaba allí, muy abajo, muy oscuro.
—¿Estás cansado?
—Estoy cansado de huir.
—¿De qué huyes?
—De todo.
Catherine se arrimó a él y besó sus labios. No los despegó del todo, pero le dio cinco besos. En ritmo específico, conocido, que estaba impreso en la piel y los huesos de Yamato.
—Puedes huir una sola vez más —susurró ella, contra sus labios.
Podía.
Él se separó y se inclinó hacia delante todo lo que pudo. Mirando al abismo, dejando que mirara dentro de él.
Podía callar el silencio de una vez por todas. Podía parar la vibración del suelo. Podía hacer que su propio frío dejara de quemarle por dentro. Gritar una última vez, que se acabara todo.
Huir para siempre…
Una mano le acarició la nuca. Ejerciendo presión, haciendo que inclinara más el cuello, que el abismo se acercara más a él.
Sería tan sencillo. Podía hacerlo.
… o podía dejar de huir del todo.
Podía dejar de temer al silencio de su cabeza, dejarla hablar. Podía parar de obsesionarse con la vibración del suelo, contárselo a alguien. Podía volver a casa, abrazar a su hermano y pedirle ayuda.
Allí, en el borde del abismo, se dio cuenta: podía hacerlo. Era su elección. Siempre lo había sido.
La mano de su nuca le soltó. La extraña risa de Catherine le inundó los oídos, en una melodía a cinco tiempos. Y el viento le sacudió de pronto.
Los coches volvieron a pasar a toda velocidad, la oscura noche no lo fue tanto cuando levantó la cabeza y buscó las pocas estrellas que la ciudad dejaba ver. La luna estaba muy llena, perfecta para que un lobo le aullara.
Estaba solo cuando volvió a poner los pies sobre el puente. Pero, esa vez, no tenía miedo.
De vuelta en su casa, con la maleta ya a medio hacer, le llegó un mensaje.
De: Takeru [00:31]:
He tenido paciencia, pero en serio creo que te vendría bien. Aquí tienes el contacto de la chica que te dije, ¡mándale un mensaje!
Yamato quiso borrar el número de teléfono de Catherine, pero había desaparecido.
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HikariCaelum: muy raro, lo sé. Siento que tiene varias interpretaciones posibles, a ver cuál saca cada uno. Me han inspirado bastante dos canciones de Natalia Lacunza, Nada y Gata negra. Los lugares a los que van son inventados y se llaman el pub "El lobo", el parque "La soledad", el cine "Vértigo", el centro comercial "el infierno" y la calle "la elección".
Gracias a quien me lea, espero que la lectura haya sido entretenida. Cuidaos en esta cuarentena y ojalá toda la situación mejore pronto, mucho ánimo :)