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La garganta le arde y no es capaz de respirar con normalidad. Hay sangre en todas partes, de ella y de todos sus amigos, que yacen al borde de la muerte.
Xellos le mira expectante, preguntándose cuál es su límite. Si acaso ella reuniría la fuerza suficiente para levantarse y hacerle frente, una vez más, para liberar a sus amigos o solo se rendiría a él, de una vez por todas.
—¿No crees que ya has excedido el límite?
Lina considera enfermiza esa parte de él que se preocupa única y verdaderamente por ella. Aun así, no es capaz de llevarle la contra, porque no tiene la fuerza suficiente como para responderle con ingenio y porque, quizás, se haya convencido un poco sobre eso de que ella sí le importa. Sea cual fuera la razón.
—Sabes lo que debes hacer.
Y realmente se lo ha dejado claro. Tan solo debe ir con él y dejar a sus amigos atrás. Nada realmente difícil, al menos no en comparación con el hecho de perderlos para siempre.
Empero no quiere rendirse así, no quiere decepcionar a Gourry. Y es que no se imagina una vida en la que él le mire con desprecio por irse con un ser tan vil como Xellos, pero perderlo a él, eso sí que sería terrible.
Por eso se marcha con él, sin despedirse.
Lo que más le molesta a Lina, aun más que su obsesión por ella, es esa falsa amabilidad. Esa actitud despreciable que él le muestra, creyéndose benevolente por darle la oportunidad de elegir. Porque él sabe que puede tenerla, aun si ella no quiere.
—Debes entenderlo —le susurra, una vez que ella ha accedido a irse con él. Está tan cerca que su aliento le roza el cuello—, si te tomara por la fuerza me sentiría realmente mal.
Ella le ignora, le repele con actitudes de indiferencia. No soporta sus palabras, que pretenden servirle de consuelo, no tolera sus manos en su cuerpo ni sus sonrisas de satisfacción cuando accede a besarlo. Odia cada parte de ese maldito demonio que ha decidido tomarla como premio en una batalla perdida.
—Todavía no entiendes —murmura, un día en que no soporta su cara llena de insatisfacción y de tristeza. Se está rompiendo en sus brazos—, no sabes cómo me siento. No tienes idea.
Esa noche no vuelve a tocarla.
Lina, por primera vez, siente lástima por él. Recuerda sus ojos, la angustia en ellos y, quizás, entiende cómo se siente.
—¿Por qué me tienes aquí? ¿Qué tengo tan importante?
Xellos no responde. En cambio, le besa y la toca de nuevo, lo suficiente como para dejarle huellas en la carne y en el alma.
—Puedes irte.
Él, por primera vez, no la está viendo. No puede ver su espalda, su silueta perderse en la lejanía, porque la retendría de nuevo. Y no quiere que se rompa.
Lina se va sin decir adiós, pero todavía siente sus huellas en la piel. Le sonríe a la nada.
Quizás ambos estaban rompiéndose entre sus manos.